El caso Wittgenstein

Vivimos en una sociedad en la que el silencio se interpreta como algo negativo. Reconozco que la farfolla es útil y necesaria cuando quieres enmascarar que quien tienes delante no te cae bien o que te resulta indiferente. Es la aliada de los tímidos, a quienes nos cuesta tanto relacionarnos. Pero yo prefiero, cada vez más, escuchar y observar que hablar.

Hace un par de meses, en una charla informal entre amigos, traté de explicar por qué, desde mi punto de vista, la transformación digital y las nuevas tecnologías pueden ser el camino para que nos libremos de parte del yugo con el que el sistema político nos tiene atrapados. No fui capaz. Podría decir que estaba cansada (lo estaba), que me saturan los espacios muy amplios como ese centro de convenciones (me saturan), pero la realidad más cruda es que simplemente no supe. “No sé, no lo tengo claro, Emilio”. Y, entonces, como quien observa cómo cae una presa fácil en una trampa inteligente, me preguntó: “¿Sabes lo que dijo Wittgenstein?”. Obviamente, no lo sabía. Así que Emilio miró a su derecha y dijo: “Alberto, explícale a María qué dijo Wittgenstein”. Por supuesto, Alberto, siempre tan gentil y dispuesto, me explicó la famosa proposición 7 del Tractatus de Wittgenstein. Famosa para todos menos para mí, hasta ahora.

Llevo desde entonces dándole vueltas al tema. No porque Alberto me lo explicara mal. Estoy hablando de una persona reconocida por su capacidad intelectual y su cuidada expresión oral y escrita. El problema soy yo y me necesidad de entenderlo todo con un cerebro demasiado imperfecto.

La traducción española tradicional de la proposición 7 dice: “De lo que no se puede hablar, hay que callar“. Y viene a explicar que todo aquello que no se puede expresar siguiendo las relas de la lógica (científica) es mejor depositarlo allí donde guardamos las cosas que no decimos, el silencio.

En otra charla informal con Miguel Ángel, José Carlos, Andrés y Luca, le pregunté al único filósofo con carnet del grupo (Miguel Ángel)  y me explicó que, en el contexto del Tractatus, Wittgenstein se refería especialmente a la Metafísica, por ser un terreno en el que es fácil y poco costoso decir cosas muy grandilocuentes pero sin mucha sustancia. Creo que la palabra que empleó fue “farfolla”.

Saliendo un poco del ámbito filosófico que me queda tan grande y reteniendo lo básico, con permiso de la autoridad y mis disculpas por la herejía de antemano. Me pregunto cómo cambiaría la sociedad si guardáramos silencio en vez de farfollear. No sólo omitiendo lo que no pudiéramos expresar siguiendo las leyes de la lógica, sino, yendo un poco más allá, eliminando lo insustancial.

Las campañas electorales. Las clases magistrales. Los programas de televisión. Las tertulias de economía y política. Las presentaciones que se hacen a premiados y conferenciantes. Tantas explicaciones que damos a casi todo el mundo. Los discursos academicos.

Yo permitiría aquellas expresiones innecesarias pero extremadamente bellas. Porque soy de las que creo que la Belleza es el bien. Pero poco más.

Muchos de mis amigos hablarían mucho menos. Yo probablemente una tercera parte. Emilio, Alberto y Miguel Ángel es posible que no sufrieran restricciones. Incluso cuando uno de ellos habla de Kid Creole and the Coconuts.

Vivimos en una sociedad en la que el silencio se interpreta como algo negativo. Reconozco que la farfolla es útil y necesaria cuando quieres enmascarar que quien tienes delante no te cae bien o que te resulta indiferente. Es la aliada de los tímidos, a quienes nos cuesta tanto relacionarnos. Pero yo prefiero, cada vez más, escuchar y observar que hablar. Nadie lo diría por lo que tuiteo. Soy contradictoria. Como Wittgenstein, quien escribió de Metafísica.

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