La pretendida superioridad moral es la lepra del siglo XXI

La pretendida superioridad moral te corrompe por dentro, como la lepra. Y la mejor manera de combatirla también consiste en aislar a quien lo padece, porque no tiene cura, y esperar que suceda un milagro. ¿Cuál? El milagro de la humildad intelectual. Porque son quienes se creen con la superioridad moral necesaria para dictar cómo debe ser la sociedad: más igualitaria.

Es un mal tan contagioso como la lepra. La pretendida superioridad moral te corrompe por dentro, como la lepra. Y la mejor manera de combatirla también consiste en aislar a quien lo padece, porque no tiene cura, y esperar que suceda un milagro. ¿Cuál? El milagro de la humildad intelectual.

Hoy es el mejor día del año para escribir acerca del alcance de este virus de nuestro tiempo. Es el día en el que las mujeres somos usadas por las diferentes corrientes políticas para sacar votos. Para hacerlo peor, las elecciones son el mes que viene. ¡No se podía dejar pasar esta oportunidad! Unos niegan que hay desigualdad en el trato; otros ofrecen la solución estatal como la única; otros recogen de las redes sociales las palabras que tienen más pegada entre los votantes. Todos levantan la bandera y dicen estar al frente. ¿Al frente de quién? De sus votantes. No encabezan la lucha de la igualdad ante la ley de las mujeres. Si así fuera se estaría presionando a Erdogan, y a los líderes de todos aquellos países en los que las muejres no tienen juicios justos, o sufren prohibiciones inimaginables para nuestra mimada sociedad española, o simplemente, no son iguales ante la ley. Aquí reclamamos que tener un hijo no repercuta en tu carrera. ¿Estamos locos? Repercute en tu carrera, en tu cuerpo, en tu mente, en tu visión del universo y en el resto de tu vida. Y, por supuesto, lo hace de diferente manera que en el caso de los hombres. Y, por la misma razón, el vínculo padre-hijos nunca será igual que el madre-hijos, no importa el modelo de familia al que nos refiramos. Y, por supuesto, depende de cada mujer particular y de cada hombre concreto. Ni mejor ni peor: será DIFERENTE. ¡Diferente! Terrible palabra para quienes aman lo homogéneo.

Esas personas son, precisamente, las protagonistas de mi reflexión. Porque son quienes se creen con la superioridad moral necesaria para dictar cómo debe ser la sociedad: más igualitaria. Yo no quiero una sociedad igualitaria. Quiero una sociedad diversa en la que la ley se aplique a todos por igual; el la que todos cumplamos las mismas reglas del juego. En la que quienes parecen los más débiles, muchas veces terminan destronando a los de siempre. Quiero una sociedad en la que no haya privilegios: ni para los oprimidos de antes, ni para los que tuvieron ventaja en el pasado. La renovación viene de la mano del cambio generacional, de la persuasión y los resultados, del reciclaje de las mentalidades. No se produce por un decreto ley. ¡Sería tan fácil!

Lo peor de esa creencia en la propia superioridad moral por encima de la de los demás es que, cuando entras en su discurso, te contagia. ¿Conceder el beneficio de la duda al otro? ¿Cuestionar mis supuestos de partida, mis principios? ¿Estudiar, leer y reflexionar acerca de ello? ¡No, por favor! ¡Para qué!

Por eso, admiro tanto y me resultan tan sexis las personas cuya inteligencia les lleva a ser humildes, a no dar por sentado, a no despreciar el argumento intelectual del otro, aunque sean capaces (muy capaces) de señalar en qué es incorrecto el razonamiento del contrario.

Y, por ser el día que es hoy, voy a poner mi piedrecita en este edificio.

Declaro solemnemente que yo no sé qué quieren las mujeres. No sé cuál es el camino que deben seguir las mujeres. No sé qué es lo mejor para las mujeres. No sé, ni siquiera, cómo son las mujeres.

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