Afrodita Desenmascarada cumple un año

Tomemos cada una de nosotras las riendas de nuestras decisiones. No permitamos que nos salven quienes nos utilizan como moneda de cambio en el mercado electoral. No caigamos en la queja y la lamentación, seamos proactivas, cada una a su estilo y en la medida que esté dispuesta, asumiendo la responsabilidad de nuestros actos y de nuestras omisiones.

Afrodita Desenmascarada no es un libro de sentencias, ni de afirmaciones dogmáticas, ni es un recetario o un manual donde uno encuentra la solución a todos los males.

Es un libro que abre debates, propone preguntas, pone encima de la mesa heridas y problemas, y que trata de orear viejas rozaduras, para que la luz y el aire fresco propicien la limpieza, como se airean las habitaciones para que se vaya lo feo oculto en las sombras y entre la luz del sol.

Solamente así se puede, al menos empezar a plantear los problemas, cuando y donde los haya, y las soluciones más pertinentes por parte de quien corresponda.

Afrodita, que para mí es la representación de la mujer, no es una diosa inmutable, como no lo solían ser ninguno de los dioses griegos. Era una diosa de quien Safo decía en su oda

Inmortal Afrodita de trono colorido, / hija de Zeus, que tramas ardides, te suplico: / ni a tormentos ni a angustias me sometas, el corazón

Es decir, era una mujer poderosa, urdía planes y astucias, y era capaz de hacer sufrir. Pero también, en otras ocasiones se mostraba como una doncella que emergía de las aguas, o la diosa del amor y de la fertilidad. Estaba dotada de diferentes atributos, mostraba comportamientos variopintos, y a lo largo de la historia es representada, interpretada, definida y redefinida de distintas maneras. Y en ese vaivén, en mi opinión, se ha ido cubriendo con velos o máscaras que hoy por hoy le hacen más mal que bien. Muchas veces son máscaras tras las cuales se esconde la sociedad en general, no solamente la mujer. Pero me interesa destacar las consecuencias que tiene en nuestro caso, el de las mujeres, porque explica el deterioro del feminismo, en cuanto que  lucha de la mujer por la igualdad ante la ley y en defensa de su libertad individual.

Las tres máscaras de las que me gustaría hablar hoy son la máscara de la corrección política, la máscara de la cesión de la responsabilidad, la máscara del imperio de lo colectivo y la máscara de los complejos utilizados como escudo.

La máscara de la corrección política

La corrección política es, a menudo, una mutación malévola de la educación y la diplomacia. Es un engendro nacido de los “modos” políticos y la estrategia de marketing que aprisiona a los más timoratos, a aquellos que se quedan pasmados y prefieren pasar por “correctos” que por apasionados.

Se da especialmente en sociedades en las que se penaliza la diferencia, en donde señalar con el dedo, que es lo más maleducado que hay, es el deporte nacional y te marca con el sambenito. El sambenito era una prenda utilizada originalmente por los penitentes católicos para mostrar público arrepentimiento por sus pecados, y más adelante por la Inquisición española para señalar a los condenados por el tribunal, por lo que se convirtió en símbolo de la infamia. Y así uno se pone de perfil o mira al techo, en vez de ser osado y decir la verdad. Eso sí, como me decía un amigo ayer mismo, el sambenito lo que tenía es que prender, prender, prendía muy bien.

Este miedo al marcaje es lo que explica que, en muchas ocasiones, la mujer no se atreva. No denuncie. No se enfrente. Y asuma lo que otros han preparado para ella, a menudo su madre, o las demás mujeres. Tradicionalmente era un marcaje que la retenía en la casa, sin permiso para abrir una cuenta corriente, sin poder votar, o a expensas de que el padre le permitiera estudiar una carrera. Aunque también en muchas ocasiones esta limitación llevaba a muchas afroditas particulares a buscarse todo tipo de artimañas para salirse con la suya, hacer que el marido o el padre pensara que mandaba él, o, por el contrario, precisamente con la ayuda de padres, esposos y amigos, defender la ley del sufragio universal, estudiar matemáticas o astronomía en casa, a pesar de que estuviera mal visto que las mujeres dedicaran su intelecto algo que no fuera arte y literatura.

El estigma de la corrección política ha cambiado de signo, y si antes estaba mal visto ser ateo, hoy está mal visto no serlo; si antes estaba mal visto que la mujer decidiera estudiar, hoy está mal visto que elija un rol tradicional. Sé que denunciar el sometimiento del pasado me va a traer críticas de un bando y ya he constatado que denunciar la corrección política de nuestros días ha provocado que me etiqueten como “ultraderecha”, facha, machista… el nuevo sambenito con el que te revisten antes de quemarte en la pira de la opinión mediática y las redes sociales.

No hay problema. A mí el fuego me encanta y arderé encantada, pero no dejaré de defender la libertad de todas y cada una de las mujeres para elegir la vida que quiere llevar, aunque esté mal visto.

Las mujeres de hoy, no solamente las jóvenes, las mayores también, no saben muchas veces si opinar, o se excusan añadiendo coletillas cuando se les escapa algún pensamiento inadecuado, desde el punto de vista del nuevo tribunal.

Pero esa no es toda la fotografía de la situación en la que nos encontramos. Muchas de las feministas intervencionistas, que creen que el Estado es el salvador, tiene la mejor intención y se sobrepasa porque ha sufrido o ha visto sufrir a otras mujeres la condena social de otras épocas y de alguna manera lleva las cosas al extremo para evitar que vuelva a suceder.

¿Cómo afrontar esta dicotomía? Desde luego no mediante el insulto, el juicio sumarísimo. Creo que es necesario luz para combatir estas sombras, hablar de ello y deshacerse de esta máscara de la corrección política para empezar a mirar al frente con respeto de todas hacia todas.

La máscara de la cesión de la responsabilidad

La cesión de la responsabilidad en las manos menos adecuadas no es un mal exclusivo de la mujer, es común a hombres y mujeres y afecta a aspectos tan relevantes como la educación de nuestros hijos, la transmisión de los valores más básicos sobre los que se cimienta la convivencia en sociedad, y la perpetuación de la cultura, por poner tres ejemplos.

El origen de este comportamiento negligente, desde mi punto de vista, estriba en que estamos acostumbrados a sobrevalorar al cargo público, al servicio utilizado por el público, al servidor público, porque nos agarramos fuerte a lo que debería ser. Entre otras cosas porque, si la gestión de nuestro dinero, de la educación, de los parques, de los servicios que utiliza todo el mundo está en manos de quienes la utilizan mal, habrá que quitarlos. Pero ¿qué sucede cuando esos a quienes hay que quitar se han revestido de la autoridad moral que el cargo les confiere pero se han despojado de la responsabilidad que debería acompañarla? Pues que siguen siendo vistos como “servidores públicos” cuando son solo cazadores de votos.

Incluso si fueran perfectamente morales, y fueran ángeles, hay cuestiones demasiado íntimas, privadas, que nos define como ciudadanos, como padres, como personas, que no se debe ceder jamás, excepto cuando sea imposible por las causas que sean. Una de esas cosas es la defensa frente a una humillación. No hablo de una agresión. La ley debe protegernos a todos en ese sentido y actuar con contundencia. Me refiero a quien te minusvalora, te hace de menos, a quien piensa que al ser mujer eres peor, necesitas prepararte menos, no sirves para dirigir porque careces de autoridad; o simplemente son prepotentes, o groseros. Respondamos. Hagámoslo con inteligencia. No caigamos en la cesión de la defensa de nuestra dignidad. Esas personas (hombres y mujeres) que vejan a otras mujeres están por educar. Se trata de no alimentar al troll, sino de no dejarnos afectar para no concederles ese poder.

Tomemos cada una de nosotras las riendas de nuestras decisiones. No permitamos que nos salven quienes nos utilizan como moneda de cambio en el mercado electoral. No caigamos en la queja y la lamentación, seamos proactivas, cada una a su estilo y en la medida que esté dispuesta, asumiendo la responsabilidad de nuestros actos y de nuestras omisiones.

 La máscara de los complejos que se usan como escudo

Un complejo no se tiene, se padece. Se trata de una percepción subjetiva, que te hace sufrir porque te sitúa en un plano inferior al resto, por una razón física o psicológica, que puede ser real o no, pero que sobre dimensionamos.

En el caso de las mujeres, a veces somos incapaces de crearnos expectativas poderosas de nosotras mismas, por cuestiones que han ido tejiéndose a lo largo de la historia, por patrones de comportamiento que se han normalizado, que se han enquistado en la sociedad, y que, de ninguna manera reflejan el potencial real de las mujeres en la sociedad. Y de ahí tanta frustración.

Decía el psiquiatra austriaco Carl Jung en los años 30 que todos sabemos que podemos tener complejos que pocas personas se dan cuenta de que el complejo te tiene a ti. Y eso es lo que nos pasa muchas veces a las mujeres, estamos dominadas por un equivocado complejo. No nos imaginamos desempeñando determinadas funciones, nos cuesta pensar en nostras mismas como líderes de la manada. Nos domina el miedo a retar esa tendencia, sustentada en miles de experiencias pasadas comunes y nos negamos la oportunidad de cambiarlo. Y es ahí cuando aparece la tentación del colectivismo. “Todas a una”, “Juntas podemos”, son slogans muy válidos, pero se pueden volver trampas peligrosas para la mujer porque nos llevan a la dependencia. Las fronteras invisibles las han roto mujeres con una actitud o una iniciativa individual. A veces es un acto planeado, otras veces es un acto espontaneo, a veces estamos solas, o en compañía de otras o de otros. Pero no se supera a golpe de ley o mediante subvenciones qu te hacen depender, o políticas que te atan y, encima, financiadas con el dinero de otros.

La tentación colectivista en el caso de las mujeres, y en otros casos también, está teñida de los colores de la compasión, de la generosidad, de la empatía, de sentimientos buenos y nobles, que nos lleva a ponernos en el lugar de los demás, y a tener esa tendencia a ayudar. Pero la realidad es que terminan tratándonos como si fuéramos incapaces, tontas, y nos humillan con concesiones y excepciones y ventajas que, muchas veces no necesitamos, o no necesitamos todas. Lo que necesitamos es, como digo en el libro, actuar como iguales.

Esas tres máscaras tienen su antídoto en la luz y el respeto para acabar con la corrección política, la educación de los rancios y la responsabilidad individual, para no ceder nuestra responsabilidad, y actuar como iguales para no dejarnos llevar por complejos que frenan nuestro potencial.

Sin estas máscaras, las mujeres somos todas afroditas poderosas, mujeres fenomenales, en el sentido que decía Maya Angelou en uno de sus poemas más conocidos

I’m a woman

Phenomenally.

Phenomenal woman,

That’s me.

(Transcripción de mi presentación en la Fundación Rafael del Pino de Madrid hace hoy un año, con Juan Ramón Rallo, Carlos Rodríguez Braun y Roger Domingo).

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