Todo es Estado puro

Si colgamos en la percha de la desidia nuestra voluntad y nuestro empuje y nos lanzamos en brazos de los políticos (que son los ocupantes de la nave del Estado) eliminamos de nuestro horizonte nuestra propia capacidad de superación.

Debido a un fallo en la conexión mente-mano, escribo en Twitter “Feminismo es estado puro” en lugar de “Feminismo en estado puro”.

– “¡Vaya! ¡pues encaja!”, ironizo.

– “Encaja perfectamente, como bien sabes. En la actualidad, perdidos sus valiosos elementos primigenios, el feminismo es, precisamente, el Estado puro”, me responde mi interlocutor.

(Por el acento argentino ya saben que se trata de Carlos Rodríguez Braun).

Y me quedo pensando que en realidad no es cosa del feminismo nada más. La ciencia reclama más Estado. La solución a la pobreza parece estar en manos del Estado. La calidad educativa, las buenas costumbres, el talento musical, el canon de belleza, la alimentación saludable, el sentido del humor, el significado de las palabras,el cuidado de nuestro entorno, la ofensa y la verdad. Todo es propiedad del Estado. Y luego, si quiere, el Supremo Estado te concede la gracia de disfrutar de un poquito de lo que es suyo: todo.

Estoy revisando los textos de #CienciaHumana, los relatos cortos biográficos que escribí para Loff.it y me doy cuenta del enorme porcentaje de esfuerzo personal de cada una de las personas sobre las que me documenté y escribí: hombres y mujeres apoyados por hombres y mujeres, en condiciones muchas veces adversas por razones económicas, políticas o personales. Sin pararse a pensar en nada más que en su objetivo, su pasión, su sueño. Hay que hacer reales las palabras de John Perry Barlow (en la foto), ciberactivista, fundador de la FEE, letrista de Grateful Dead, que en sus famosos 25 puntos sobre el comportamiento correcto de un adulto proponía expande tu sentido de lo posible. Es molesto, porque implica desear, renunciar, hacer sacrificios, trabajar por amor y no por dinero (una vez pagadas las facturas), decepcionarte, fracasar, persistir, esperar… para que lo que antes era imposible ahora sea imaginable, cercano.

Si colgamos en la percha de la desidia nuestra voluntad y nuestro empuje y nos lanzamos en brazos de los políticos (que son los ocupantes de la nave del Estado) eliminamos de nuestro horizonte nuestra propia capacidad de superación.

No se me ocurre nada más humillante: para las mujeres que sueñan, los hombres que no son violadores por ser hombres, los niños que son el futuro, los ancianos que construyeron el mundo que vivimos, el medioambiente, los pobres, los enfermos, los humoristas, los artistas, los filósofos, los maestros, los músicos, los científicos.

Aceptamos la humillación y la indignidad de delegar todo en las manos del Estado, de ser un voto (o menos, dependiendo el sistema de cálculo electoral), alienados porque sustituimos nuestra realidad humana por el discurso del político, del que vive de ello. Estamos renunciando a lo que nos hace diferente de las amebas.

Y, encima, pagamos por ello.

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