La notoriedad salvadora

Siempre me ha llamado la atención la ambigüedad humana en todas sus manifestaciones. Últimamente, me tienen enganchada las emociones ambivalentes que producen la pandemia y el confinamiento. También en ambos casos, todos nos vemos sometidos a ser incluidos en una categoría homogénea, sin diferenciar apenas.

Siempre me ha llamado la atención la ambigüedad humana en todas sus manifestaciones. Pero especialmente, y más en estas últimas semanas, me tienen enganchada las emociones ambivalentes que producen la pandemia y el confinamiento. Ambos fenómenos son inéditos, al menos en mis años de vida. También en ambos casos, todos nos vemos sometidos a ser incluidos en una categoría homogénea, sin diferenciar apenas. Como cuando jugábamos en el patio del colegio y a la hora de regresar al aula, las profesoras se colocaban estratégicamente y voceaban mientras daban palmas para llamar nuestra atención: “¡Las de 4ºB! ¡4ºB! ¡En mi fila las de 4ºB!¨. Y así nos organizábamos por grupos de manera que la subida a clase no fuera un caos. Ahora es un poco diferente, pero no tanto.

“¿Tú de qué grupo eres?»

“Yo, Covid en casa sin neumonía»

“Yo, no he desarrollado síntomas, pero he estado en contacto con enfermos»

Y así nos vamos situando en la fila correspondiente. Los de la misma categoría nos miramos y buscamos nuestro reflejo en el otro.

“¿Y duermes bien? A mí de repente me entra como calor, me tomo la temperatura y tengo 37 grados, que no es nada pero me entra un agobio…”.

“Sí, yo tampoco puedo dormir, pero es por claustrofobia. Abro la ventana porque no puedo respirar, y paso un frío que no veas. ¿Qué tipo de ejercicio haces?”.

Conversaciones de pandemia, soft talk que dicen los modernos, que se repiten una y otra vez. Yo sigo el ritual con el mismo entusiasmo que una vaca mira pasar el tren. Participo resignada. Me planteo qué utilidad tienen esos diálogos. Y vuelvo al patio de mi colegio y recuerdo el sentimiento de pertenencia “soy de la clase 4ºB”, la rivalidad con los otros grupos, que a veces rozaba el odio feroz a las estúpidas del 4ºC, que a ver qué se han creído. Tu clase determinaba tu experiencia educativa (sé lo marxista que suena, pido disculpas). Necesitamos pertenecer a un grupo para empatizar. Es una de las necesidades afectivas más básicas, mirarte en el otro, y comprobar que el otro también se refleja en ti. La afinidad siempre es placentera, pero, en los malos tiempos, además es balsámica. Sin embargo, también creo que pertenecer a un grupo te libra de la masa. No eres una gota en el océano. Eres una gota en un recipiente lleno de agua. No es lo mismo.

El confinamiento estricto lo vivimos con obediencia absoluta, no sólo por las multas de 1.500 euros, o por el miedo a ser contagiados y contagiar, sino también por un sentimiento de responsabilidad individual frente a una amenaza social. Prietas las filas frente al virus. Esta actitud es sabiamente alimentada por el lenguaje militarizado. Y, la verdad es que no es una guerra. No nos atacan. Es la naturaleza. La misma de los atardeceres rojos y los cachorros de felinos que nos enternecen. Quien sí lucha es nuestro organismo cuando está enfermo, no la sociedad. La sociedad solamente se amolda, a ciegas, a una situación que no controlamos. Nadie. Ni los científicos tienen claro el tema, ni los políticos tienen la solución. Es más, no va a haber una única solución, y habrá que escoger la más adaptativa para cada entorno. Las medidas de seguridad no pueden ser las mismas en Madrid que en un pueblo donde no ha habido un solo enfermo en todo este periodo.

Esa obediencia ejemplar nos hace sentir bien y mal a la vez. Somos los más responsables y los más borregos. Tal vez por eso se ha desatado una especie de olimpiada en las redes: gana el que destaca.

Yo obedezco pero soy quien sube más videos de comida a Instagram. O la primera que ha dicho una obviedad económica, o política, o que votasteis gestos y tenéis gestos. Soy la primera que dio esa cifra, la primera que sube el número de muertes, la que mejor rastrea la prensa y los blogs del mundo para traer, antes que nadie, un nuevo estudio, un artículo, que aporta una teoría más o menos contrastada sobre el covid19 y sus alrededores.

Soy la que mejor se lo pasa, la que más aplaude, la que menos aplaude, la que siempre tiene una queja. Porque, señores, la queja te destaca frente a los demás. Y si a la queja le sumamos el cinismo, entonces soy la reina del mambo, porque os dejo a todos por los suelos, en la categoría de “horteras”, mientras yo reacciono comme il faut.

Soy la que he decidido destapar mi talento como terrible escritora, como fotógrafa de estar por casa, como deportista de élite en el salón. Soy la que me siento super graciosa cuando desvelo miserias banales de mis familiares o de mis amigos en Instagram porque soy  la payasa del grupo. Soy la que insulta con más brutalidad, porque hablo más claro que nadie, al gobierno, a la oposición, a los fachas, a la Iglesia, a los ateos, a los progresistas, a los liberales, a todos.

Y gracias a esta olimpiada universal, más intensa cuanto más rígido es el confinamiento, nos hemos convertido en una masa de diferenciados, agarrados a la notoriedad que nos salva, como un náufrago a un mástil.

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