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Sinceramente, este verano, que he estado más expuesta al ruido ambiental, he sacado la conclusión de que la especie humana está en peligro de extinción. Las grasas no saturadas van a acabar con nosotros. Las carnes flácidas van a acabar con nosotros. El sol va a acabar con nosotros. La polución, las avispas, el cambio... View Article

Sinceramente, este verano, que he estado más expuesta al ruido ambiental, he sacado la conclusión de que la especie humana está en peligro de extinción. Las grasas no saturadas van a acabar con nosotros. Las carnes flácidas van a acabar con nosotros. El sol va a acabar con nosotros. La polución, las avispas, el cambio climático, el tabaco, el alcohol, internet, los juegos violentos y hasta Jorge Javier del bracete de la Esteban… van a acabar con nosotros. Nada como que venga el Estado-Salvador a protegernos y a decirnos qué comer, cuántas veces ir al gimnasio, qué crema hay que ponerse para seguir tumbándonos al sol estúpidamente y así fardar de cuerpazo modelado en el gim y qué Sexta hay que ver para estar informados de verdádelagüena.

Pero sobre todo, lo que va a acabar con nosotros es la gripe A, antes porcina. En realidad, mueren más españoles al año por picadura de avispa que por esa mutación de gripe. Y sin embargo, hay que estar agradecidos. Esta gripe va a rescatar costumbres olvidadas.
Esos y esas que se lanzan sin preguntar y te sueltan dos besos: al destierro social. Ni siquiera acepto casi el apretón de manos: una buena reverencia, un saludo inclinando la cabeza. Es mucho más fino y menos expuesto.
Esos y esas que te estornudan y tosen desaprensivamente: al destierro social. Y si no saben hacerlo como marcan los cánones (es decir, con delicadeza) pues que se pongan mascarilla.
Y, sobre todo: por fin alguien ha dicho que lavarse las manos no consiste en dejar resbalar agua por las manos, ni tocar el jabón de refilón. Y si no saben o no quieren hacerlo, que el Estado imponga los guantes de algodón blancos. Una buena lavada de manos implica estar extendiendo el jabón frotándose las manos AL MENOS un minuto. Bien, ahora aplíquelo al resto del cuerpo cuando se duche: esas duchas de 30 segundos son un paripé. ¿Cambiará el «ambiente» del Metro a partir de ahora?

También vuelven los anuncios, como decía Daniel Calamonte hace tiempo, y los slogans. Voy más allá: Franco ha vuelto. Cierto, se ha dejado en el camino de regreso el uniforme, la cruz y alguna cosa más. A cambio, nuestros políticos, que hablan del obrero, de la protección, del vil metal y del capitalismo como si fueran franquistas, tienen la RP: Religión Progresí, con sus sacerdotisas, sus himnos, códigos de comunicación y sus mandamientos. Un ejemplo: pudiendo culpar a un hombre de una disputa ¿para qué hacer justicia? el machismo histórico justifica la injusticia de hoy. Otro: no desfallecerás en la lucha por el voto. Podría seguir, es más, no descarto dedicar un rato a escribir los mil y un mandamientos progresís.

Vuelven las actitudes palurdas de cuando llegó la democracia (como si llegara ella personificada en una mama-chicho) y Esteso y Pajares vestidos de garrulos hacían gracietas. Lo que pasa es que ahora se dicen las mismas estupideces desde un ministerio (o varios) y con la intención de que aquello cale… y cala. Que es lo peor. Cala. Un ingeniero agrónomo, profesor de la Carlos III, con experiencia en el Banco Mundial, publicaciones y de todo te dice cosas como: «No hay una sola publicación científica que demuestre que no es cierto el cambio climático… lo he visto en un documental». Y tan tranquilo. Y cuando le explicas que a ti también te preocupa el medio ambiente pero no quieres que lo pongan como excusa para robarte (más) dinero o para desviar fondos que se podrían estar empleando en salvar vidas en África (por ejemplo), te llama negacionista y te dice que tu te basas en periódicos sesgados. Y cuando le mandas una lista de artículos publicados en revistas cientificas que avalan tu moderación, te salta con que no son revistas de la rama adecuada. Y él con su documental.

Los mensajes perversos por grotescos que nos parezcan a algunos, calan en la gente. El capitalismo para ellos significa empresas grandes compinchadas con el Estado para explotar al resto. Pero en esa ecuación el Estado (es decir los gobernantes mangantes que son los individuos que pactan y se lo llevan crudo) queda ileso: es inocente. Y siguen con la matraca de que todo es culpa de quien quiere lucrarse, como si ellos dejaran pasar una oportunidad de lucro, o incluso de aparentarlo. En este país en el que la Concha y el Mariano de turno hasta ayer mismo pedían un crédito para que la niña tuviera una Primera Comunión en condiciones, con traje de Sisi emperatriz, banquete para todos, y Parque de Atracciones o capea. Querer fardar está bien pero decir en alto «Quiero que mi empresa tenga beneficios» es un pecado mortal en la religión progresí.

Y ahora viene Pepiño y nos cuenta, como reflexión personal, en la emisora del régimen (la Ser), que si hace falta subir los impuestos a las rentas más altas para pagar las prestaciones sociales prometidas, ¡pues él se ofrece voluntario, qué caray! Una amenaza en toda regla. Y no dice cómo está ahorrando el gobierno, con qué cuidado está revisando los gastos, las subvenciones… porque no lo está haciendo de ninguna manera. Pero la gente tragará, entre otras cosas porque el «tirón» de Arenas diciendo que es mejor bajar impuestos, que las administraciones recorten gastos y llevar a cabo reformas en profundidad, es infinitamente menor que el de Pepiño emulando a Teresa de Calcuta, hablando a favor de los más necesitados. Esfuerzo y sacrificio hermanos… pero vuestro, cualquier cosa con tal de no perder votos.

El otoño se perfila agitado. Yo lo que quiero que vuelvan son… las vacaciones.

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